Revista en Movida

El 15 triste que enteré a mi hermano

Image   Ayer, quince de septiembre, todo estaba puesto contra el mundo, fue el día en que tuve que darle sepultura a Oscar, mi hermano menor, al niño de la casa. mis hermanas, mi padre y mi madre, muchos amigos y una misma ausencia. Oscar Orlando, fue asesinado en Cúcuta, muy cerca de su casa, donde  volvió después de años largos de recorridos, aprendizajes, orgullos y desventuras. Volvió a la casa buscando nuevos rumbos,  En poco tiempo, montó su propia zapataría y tinturería, cuidó a nuestra madre con la mayor contemplación y cariño; estudió en el SENA reparación de computadores y ya estaba listo para iniciar un nuevo ciclo académico.

 
Oscar Rodríguez Amaya, era un hombre integral, un artísta, cantante de música urbana, un hombre limpio. hace nueve años tuvo que salir de Cúcuta, su tierra y su casa, por la presión de la que son víctimas miles de jóvenes por todo el país, por parte de los grupos paramilitares (‘hoy ya extintos’ de acuerdo con reportes oficiales).
 
Era un estudiante, autodidacta, buen lector, compositor de sus propios temas, y creador de las músicas que acompañaban sus líricas. En poco tiempo se ganó un reconocimiento enorme en Bogotá por su calidad y por el contenido de su música. Pero en Colombia, ser talentoso  no es suficiente, y aveces se vuelve peligroso. A pesar de su incansable esfuerzo, se fueron reduciendo las opciones para hacer de su música su vida. trazó un paréntesis y viajó a trabajar al lado de mamita.
 
En Bogotá quedaron Samuelito, su niño de dos años, y Jenny, su compañera, para esperar el cumplimiento de una promesa clara: salir de tantas penúrias económicas, construir el hogar digno y en paz, alcanzar una casa para que el niño se sintiera orgulloso de su padre, su madre y su familia.
 
Con Oscar todos hemos muerto un poquito. Ha muerto un poco más esta patria agobiada con la sangre de miles de sus hijos. Ha muerto un poco más la democracia ya destrozada por la ‘seguridad’; mi mamita, mis hermanas, mi padre y yo, todos hemos muerto en algo más. Y sin embargo, la vida nos enseña que hay que morir para que todo nazca. Hemos revivido instantes inolvidables, hemos recuperado la memoria; hemos decidido hacer que renazca la unidad al medio del fuego que nos abraza y nos redime. Hemos vuelto a nacer en Dios.
 
 
A sus amigos, a sus amigas, a sus camaradas, sus parceros, a todos los que tuvimos el honor de conocer a este hombre grande, les propongo como tarea  recordarlo por su mirada límpia y siempre franca, por su sencibilidad humana y por su verticalidad contra la injusticia. Vamos a recordar a Oscar por todos los días maravillosos de su vida, y no por el minúto triste de su muerte.
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Mauricio Rodríguez Amaya