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El espacio en Argentina que guarda miles de memorias

Por: Sergio Alejandro Gómez

Durante la dictadura cívico-militar que agobió a la Argentina entre 1976 y 1983, decenas de batallones y áreas de uso militar se convirtieron en centros clandestinos de detención. En esos lugares siniestros se vivieron innumerables episodios de horror y violencia que, hasta el día de hoy, siguen calando las fibras más sensibles. Lo sucedido dentro de la Escuela de Mecánica de la Armada se ha constituido en uno de los casos más emblemáticos de violencia de Estado, no solo por los innumerables sucesos oscuros del pasado, sino por la reivindicación a la memoria, justicia y no-repetición que en el presente rinde un sentido homenaje a todas las víctimas.  

El Espacio para la Memoria y para la promoción y Defensa de los Derechos Humanos se constituye en el lugar que a partir de actividades, foros y visitas gratuitas ha buscado la preservación de la memoria y la reivindicación de los derechos humanos. Abierto al público desde el 2007, este espacio es el relato a viva voz de los crímenes cometidos en los más de 30 centros clandestinos de Detención, Tortura y Exterminio durante la dictadura. Dentro de las visitas guiadas de lo que alguna vez fue propiedad de la milicia, se muestran las instalaciones y materiales documentales que acercan a los visitantes a los espacios de reclusión, tortura y sufrimiento para miles de argentinos.

Ese edificio, antiguo Casino de los oficiales de la Armada, se ha erigido como una de las pruebas judiciales más importantes para continuar con los procesos penales contra los principales responsables. Así mismo, el mantenimiento del espacio físico se ha apoyado de documentos escritos, los archivos filmográficos de las declaraciones de las víctimas y los resultados de algunas investigaciones que al día de hoy dan una mirada más completa de la verdad.

Los más de 200.000 visitantes nacionales y extranjeros además de este edificio, han podido disfrutar de un predio de 17 hectáreas en las que funcionan otras instituciones como el Sitio de la Memoria ESMA, el Archivo Nacional de la Memoria, la Casa por la identidad, el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, el Espacio Cultural Nuestros Hijos (ECuNHi) y el Museo Malvinas. Su ubicación dentro de las calles porteñas ha hecho de este y de otros centros de detención, los ejes de visibilización de las acciones violentas y abusos estatales que, al día de hoy, se han seguido repitiendo a lo largo y ancho del mundo.

Detrás de su fachada pálida el edificio principal da la bienvenida a los visitantes. Estos, después de dejar sus maletas y pertenencias esperan pacientemente las visitas guiadas que se dan cada hora. Las comitivas de todo el mundo caminan entre paredes desgastadas por la humedad, con un aire casi asfixiante en los días de verano y un piso de madera que soporto los pasos de victimarios y victimas durante más de 7 años.

El centro principal de reclusión se denomina La capucha. Allí, en el altillo del edificio, se ubicaban a los prisioneros. Estar en la parte más alta de un lugar casi centenario no trae muchas ventajas a la hora de “convivir” por meses o incluso años. Además del insoportable calor del verano o el inclemente frío del país patagónico, las víctimas pasaban días y noches inmovilizadas y encapuchadas. Los cadetes ubicaban a los sospechosos miembros de las guerrillas, opositores políticos y toda persona sindicada de ir contra el gobierno en colchonetas dentro de espacios rectangulares separados el uno al otro por muros y generalmente de 70 cm de ancho, 1 metro de alto y con 2 metros de largo.  Entumecidos y aislados de sus “compañeros de celda”, los prisioneros debían vivir en posición fetal mientras escuchaban a toda hora el ensordecedor ruido de los extractores de aire. 

Para sus necesidades fisiológicas, en la mayoría de casos los prisioneros debían hacerlas en baldes proporcionados por los guardias. Ya con el paso del tiempo, se fueron agudizando las infecciones y los olores nauseabundos acompañados de ratas que merodeaban todas las noches por los techos. Tal fue el horror de aquel altillo que, muchas veces el camino más esperado –hasta deseado- era la muerte. Así lo expresaba María Milia de Pirles durante el Testimonio Juicio ESMA, Causa 1270, 25/06/2010. En su secuestro entre 1977 y 1979 relataba a la Capucha como el “lugar donde se huele a muerte, estábamos no demasiado limpios, estábamos algunos heridos, el olor es horrible, se siente a muerte, no hay vida, es el silencio total”.

Muy cerca, en ese mismo altillo estaba Capuchita, este lugar estrecho fue uno de los epicentros de la tortura física y psicológica de las víctimas. Allí, al igual que en La Capucha, los detenidos eran inmovilizados con grilletes en los pies, capuchas y vendas en los ojos. Así mismo, las ventanas que daban al exterior iban siendo tapadas o pintadas con colores oscuros para dar lugar a una iluminación completamente artificial, que, dejó a muchos prisioneros sin luz solar durante meses. Durante 1978 este espacio de detención fue desmantelado por los militares ante la inminente visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que se produjo por la presión estadounidense (presidida por Ronald Reagan) a raíz de una serie de denuncias en medios internacionales contra de la dictadura militar, las cuales fueron teniendo eco desde la realización del Mundial de Fútbol de 1978 en el país sudamericano.

En el Casino de oficiales de la Armada, los represores asignaban, ubicaban y llamaban arbitrariamente a los grupos de detenidos y detenidas por números, los cuales, se convertían en sus nuevas identidades. Los miércoles, los oficiales arbitrariamente decidían quienes debían ser trasladados. En la jerga de los marinos, el traslado significaba la eliminación física de los presos, los cuales, vivían los últimos minutos de su existencia previos a los paseos de la muerte. En ese pequeño ritual, los llamados iban formando filas para bajar por las escaleras que conducían hacia el sótano. En el lugar más bajo del edificio, los desaparecidos eran inmovilizados o drogados para ser llevados sin resistencia desde los aviones de la Fuerza Aérea Argentina hasta el Río de la Plata. Una vez el avión hacia el sobrevuelo, las víctimas eran arrojadas vivas al río muriendo por hipotermia, ahogamiento o por las mortales consecuencias de una caída desde miles de metros.

Muchos de los que no asistieron a los vuelos de la muerte eran llevados a La Pecera. Esta habitación, simulando una oficina, se constituía por varios paneles de madera en los que los prisioneros realizaban trabajos forzados. Allí elaboraban ensayos, notas periodísticas y otras labores intelectuales y escritas al servicio de la dictadura. Las operaciones de prensa gestadas desde allí tuvieron el objetivo de desinformar, encubrir las responsabilidades de los oficiales del gobierno y gestionar –junto a otros medios oficiales- imágenes, editoriales y portadas que reforzaban los discursos militares. Muchas veces divulgando información falsa se mostraban comunicados oficiales o artículos de prensa que presentaban a las víctimas como “guerrilleros” abatidos en enfrentamientos para encubrir sus secuestros y asesinatos.

En esos lugares la opción propia de vivir pasó a las manos de otros, los cuales, además de quitarle la libertad y la vida a miles de víctimas, llevaron su poder autoritario a decidir sobre los nacimientos de los hijos naturales de muchas prisioneras. En esos centros clandestinos de detención se estima que hubo entre 400 y 500 nacimientos de embarazadas que llegaron forzadamente. Después de vivir más de siete meses de gestación en las peores condiciones, las madres eran llevadas a otras habitaciones donde el Grupo de Tareas montó una estructura física y alimenticia para brindar las “condiciones óptimas” de un parto. Cuando la situación se complicaba, en complicidad con algunos médicos, las progenitoras eran llevadas al Hospital Naval. Los recién nacidos se entregaban a los integrantes de fuerzas represivas que, los daban en adopción a sus allegados o a nuevas familias. Mientras esto sucedía, las madres eran trasladadas o desaparecidas para siempre sin haber compartido con sus hijos algún instante de alegría.   

En el sótano, además de preparar a las personas trasladadas, se daban los interrogatorios bajo tortura y se brindaban las condiciones para el trabajo forzado. El trabajo allí se centraba en la elaboración y falsificación de documentos para funcionarios y personas vinculadas directamente en la dictadura que viajaban dentro y fuera del país. Además de eso, se comenzó a producir parte del material audiovisual de propaganda oficial de la dictadura que luego era enviado a la prensa nacional e internacional. Estas labores resultaron ser fundamentales para la junta militar que, encabezada por Jorge Rafael Videla, buscó desmentir las constantes denuncias de violación de derechos humanos.

Esto generó campañas como la de “Los argentinos son derechos y humanos” y la proliferación de discursos contra medios de comunicación extranjeros, los cuales, eran acusados de promover propagandas “anti-argentinas”. Por su parte, la Cancillería creó la Dirección General de Prensa y Difusión. Con el Centro Piloto de Paris ubicado en la Embajada Argentina en Francia, su objetivo era coordinar acciones de propaganda en el exterior y enviar información que pudiera hacer frente a las denuncias tempranas hechas por exiliados, familiares de desaparecidos y organizaciones de derechos humanos.

En el antiguo ESMA también se encuentran los dormitorios de los cadetes, algunas de las oficinas de los oficiales, el casino y otras dependencias de la Armada Nacional que evidenciaban un funcionamiento “Normal” del complejo militar. Como cierre del recorrido, los visitantes pueden ver a partir de proyecciones video-gráficas cómo han ido avanzando los procesos judiciales contra los máximos responsables. Conocer casi en “carne propia” este periodo oscuro de la historia argentina, ha permitido desde este el Espacio -Declarado Monumento Histórico Nacional en agosto del 2008- reivindicar a la Memoria como la principal herramienta para la justicia y la no repetición.

Uno de los mejores homenajes que puede hacerse a los más 5.000 retenidos en el lugar es privilegiar la verdad, buscar la lucha de los derechos y dejar mensajes de paz, en los cuales, prevalezcan en las nuevas generaciones que, aparte de las visitas guiadas que se programan para sus escuelas semanalmente, abran la puerta a la posibilidad de cambio y de paz que miles de víctimas quieren para todo el mundo.

¡Trabajemos por un Espacio para la Memoria y para la promoción y Defensa de los Derechos Humanos en Colombia!